Aquí tienes el guión de la lectio divina de esta semana, por si estás en tu casa y no puedes participar en la reunión de ningún grupo. Queremos que te sientas cerca de nosotros, aunque no lo estés físicamente. La misericordia del Señor traspasa paredes y acorta distancias.

El ciego de nacimiento. Yo soy la luz del mundo

Nos disponemos

Al inicio de este encuentro de oración invocamos al Espíritu Santo para que abra nuestro corazón a la Palabra. Rezamos juntos:

Ven, Espíritu Santo,
abre nuestros ojos a tu luz,
tú que eres la fuente del consuelo,
para que alimentados por la Palabra,
demos consolación a los que pasan por momentos difíciles,
por Jesucristo, el Hijo amado,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

Proclamamos la Palabra: Juan 9,1-41

1 Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. 2 Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?».
3 Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. 4 Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. 5 Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». 6 Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, 7 y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. 8 Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». 9 Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo».
10 Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?».
11 Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver».
12 Le preguntaron: «¿Dónde está él?».
Contestó: «No lo sé».
13 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. 14 Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. 15 También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
16 Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos.
Y volvieron a preguntarle al ciego: 17 «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó: «Que es un profeta».
18 Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres 19 y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».
20 Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; 21 y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse».
22 Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. 23 Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
24 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
25 Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo».
26 Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?».
27 Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?».
28 Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. 29 Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene».
30 Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. 31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. 32 Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; 33 si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».
34 Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron. 35 Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
36 Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
37 Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
38 Él dijo: «Creo, Señor».
Y se postró ante él.
39 Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».
40 Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?».
41 Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece.

Leemos atentamente: ¿Qué dice el texto?

Tras un momento de silencio releemos atentamente el texto. Las pautas y las preguntas nos pueden ayudar a hacerlo.

La dimensión bautismal del cuarto domingo de Cuaresma

En la misma línea de la semana pasada, pero dando un paso más, destacan en las lecturas del domingo cuarto de Cuaresma dos símbolos bautismales: la unción con aceite y la luz. El primer libro de Samuel nos cuenta que el profeta Samuel ungió a David como rey de Israel, acción mediante la cual entró en él el Espíritu del Señor. El evangelio de Juan presenta a Jesús como luz del mundo que ilumina los ojos de un ciego de nacimiento, abriéndolos así a la fe. Y Pablo recuerda a los efesios que el bautizado se ha identificado con Cristo, muerto y resucitado. La experiencia pascual lo ha liberado de las tinieblas y por eso debe comportarse siempre como hijo de la luz.

En la fiesta de las Tiendas

Durante la fiesta judía de las Tiendas, en la que el atrio del templo se iluminaba con grandes antorchas, contemplaremos hoy un nuevo signo en el que Jesús se revela como «luz del mundo». Un ciego de nacimiento recupera la vista. En cambio, los fariseos, que presumen de ver con claridad, permanecen en las tinieblas.

Otro «signo» de Jesús

Al igual que la semana pasada, leemos también hoy un pasaje sacado del «Libro del los signos» del cuarto evangelio, en el que Jesús devuelve la vista a un ciego de nacimiento. Como es habitual en el evangelio de Juan, este nuevo signo —el sexto por su orden— dará lugar a varios diálogos y controversias que ayudan a entender lo sucedido. Entre ellos destacan esta vez una serie de severos interrogatorios en los que los fariseos se comportan como verdaderos jueces. Aparentemente procesan al que había sido ciego, pero el auténtico reo es Jesús, que se ha atrevido a curarlo en sábado. Solo al final se invierten los papeles y descubrimos quién es quién en esta historia. De nuevo nos encontramos con un pasaje largo que no podemos explicar totalmente. Nos fijaos en algunos detalles.

Para desentrañar su significado comenzaremos fijándonos en los aspectos más relevantes: ¿Qué acciones realiza Jesús para curar al ciego? ¿Qué órdenes le da?

El proceso de le fe del ciego

Abrir los ojos del cuerpo significa abrir los ojos de la fe. En este sentido, la curación de la ceguera viene a simbolizar todo el proceso que recorre el que cree en Jesús y recibe el bautismo. No en vano los primeros cristianos llamaban a este sacramento «iluminación». En consecuencia, y como ya le sucediera a la samaritana, el que había sido ciego va descubriendo poco a poco quién es el que le ha devuelto la vista. Aunque al principio habla de él como de «ese hombre que se llama Jesús» (v. 11), pronto lo califica de «profeta» (v. 17). Luego sostiene que si lo ha curado es porque «viene de Dios» (v. 33). Y finalmente hace un acto de fe en él como «Hijo del hombre» y, postrándose en un gesto de adoración, afirma: «Creo, Señor» (v. 35-37).

¿Qué diferencias encuentras entre este proceso creyente y la actitud que mantienen los fariseos ante Jesús?

La cerrazón progresiva de los fariseos

A medida que la luz de la fe abre los ojos del ciego, los fariseos van ofuscándose cada vez más en su hostilidad hacia Jesús. Para ellos se trata sólo de «un pecador» (v. 24). Imaginan incluso que todo ha sido un fraude y llaman a declarar a los padres para comprobarlo. Pero ellos vuelven a remitir a su hijo a los jueces alegando que tiene edad suficiente para que su testimonio sea válido. Y, en efecto, el exciego se conduce en todo momento como un verdadero testigo de la fe, un auténtico discípulo que sabe defender su postura frente a quienes le acosan (v. 28). El interrogatorio evidencia que los que presumen de saber ignoran lo más importante: los fariseos desconocen el origen de Jesús. El ciego, en cambio, sostiene que «viene de Dios» (vv. 29-33). Al final, inseguros y faltos de argumentos, deciden expulsarlo. Se refleja en ello la situación histórica en la que vivía la comunidad de Juan, amedrentada por el judaísmo fariseo, que había decidido expulsar a los cristianos de la sinagoga (v. 22). Pero al final del relato se desvela que el verdadero juicio provocado por la curación es otro.

¿De qué juicio se trata según las palabras de Jesús en los vv. 39-41?

La verdadera ceguera

Jesús, desaparecido de la escena hasta el último momento, vuelve a irrumpir en ella. En primer lugar, para salir al encuentro del ciego y ayudarle a culminar el proceso de fe que había comenzado con su curación. En segundo lugar, para ofrecer las claves que permiten entender lo que está pasando. Es entonces cuando, con fina ironía, muestra que las cosas no son lo que parecen. Que el verdadero juicio no es el de los fariseos, sino ese que él mismo establece al revelarse como luz. Una luz que alumbra a los ciegos y ciega a los que creen ver. Una luz ante la que es preciso definirse, discerniendo así entre quienes la acogen y quienes la rechazan (v. 39). El ciego personifica la actitud de los que desean ser iluminados por Jesús y acceden así a la visión de la fe. Los fariseos, en cambio, son ciegos que no quieren ver: se apartan de la luz. Por eso su ceguera es culpable y no lo es la del que no veía. Son ellos los que, negándose a creer, permanecen en su pecado (vv. 40-41).

Meditamos: ¿Qué me dice a mí (a nosotros) el texto?

Quien recibe el bautismo es una persona «iluminada» por Cristo que, a la vez, se compromete a ser «luminosa» viviendo de un modo nuevo. Si el Señor nos ha liberado de nuestras cegueras es para que nuestros ojos vean todo de otra manera, con la lucidez propia de la fe, que pone luz donde tantos sólo ven tinieblas. Si el Señor ha traído el consuelo a nuestra vida es para que nosotros nos convirtamos en fuente de luz y de consuelo para otros.

«Creo, Señor»: ¿Te ayuda el testimonio del proceso de fe del ciego de nacimiento a ver tu proceso de fe? ¿En qué momento estas tú ahora? «Yo soy la luz del mundo»: ¿En qué momentos de oscuridad de tu vida has experimentado a Jesús como luz? «A mí me ha abierto los ojos…»: El ciego se convierte en testigo de Jesús. ¿Y tú, cómo eres testigo de la luz que has recibido de Jesús? «¿También nosotros estamos ciegos?»: ¿Qué cegueras percibes en ti y en la sociedad? ¿Qué te dice Jesús sobre estas cegueras?

Oramos: ¿Qué le decimos a Dios inspirados por este texto?

Acabamos nuestra reunión con un momento de oración. Le pedimos al Señor que disipe las tinieblas que nos impiden caminar a la luz de la fe. Podemos, en este momento, encender algunas velas. Cada uno puede decir a los demás lo que se lleva para sí de este evangelio que hemos leído y lo que cree que Dios de pide a través de el. Luego podemos rezar todos juntos el Salmo 22:

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Nos comprometemos: ¿Qué me pide (nos pide) Dios que haga (hagamos)?

Esta semana es la semana de la consolación y estamos llamados a hacer algún gesto de consuelo para con quienes lo necesitan. Pensamos si hay algunas personas de nuestro entorno a quienes podemos llevarlo. El papa nos habla de multitud de ocasiones y de necesidades diversas, porque «ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión». Puede que descubramos incluso la necesidad de alguna acción comunitaria.