La misericordia tiene también el rostro de la consolación. Todas las pruebas de la vida, por muy duras que sean, se han de poder vivir con la certeza de que Dios nos ama. Y eso ha de suceder a través del consuelo que damos a los demás. El Señor consuela a través de nuestro corazón y de nuestras manos. “La misericordia de Dios se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción” (MM 13). Y eso se hace con la acción, con la palabra o con el silencio, que es de gran ayuda cuando no existen palabras. Son muchas las situaciones hoy en las que podemos y debemos consolar, porque son muchas las necesidades y los problemas que se experimentan en la vida.

La propuesta de esta semana cuarta de cuaresma es: “Jesús ilumina tu vida. Da consuelo”. La Iglesia, desde sus mismísimos orígenes, en la Carta de Santiago, consuela con el Sacramento de la Unción de Enfermos. Con él se pone la fuerza sanadora de Dios en el cuerpo del enfermo y su gracia en el alma. Con él se pone cercanía de Jesús en el enfermo. Es Jesús mismo quien llega para aliviar al enfermo, para darle fuerza, para darle esperanza, para ayudarle; también para perdonarle los pecados. Y esto es hermoso. En el Sacramento de la Unción, el consuelo más grande deriva del hecho de que quien se hace presente en el sacramento es el Señor Jesús mismo, que nos toma de la mano, se nos hace próximo como hizo con el ciego de nacimiento y nos recuerda que le pertenecemos y que nada —ni siquiera el mal y la muerte— podrá jamás separarnos de él. Por eso el gesto comunitario de esta semana es la celebración de la unción de los enfermos con los impedidos y ancianos de las comunidades parroquiales.

A partir de este gesto comunitario, toca a cada uno prestar imaginación a la misericordia, para descubrir cómo y a quién ha de dar consuelo en el nombre del Señor: una palabra de aliento dicha a tiempo, una abrazo, una caricia, una mano tendida para una tarea, un silencio compartido…